Accidentes ‘in itinere’ II
Matías E. Kítever
Una de las razones que me incitó a tomar nota de lo que pasaba en la cocina del Barco fue la historia de la hucha. Como las propinas estaban desapareciendo, el cocinero en jefe puso una hucha al lado de la caja registradora para que los camareros las fueran poniendo allí. Pues bien, cuando la hucha estuvo llena desapareció de la barra. El cocinero confrontó al Capitán, que respondió firme y seguro: “¡Se las han robado!”. No dio más explicaciones. El cocinero no sabe qué decir, ¿cómo va a explicar esto a los demás? Son las diez de la mañana, al fondo alguien ha encendido la campana, no se oye ni una mosca, ninguno de los dos parpadea, todo lo que tienen que decirse es cuestión de retinas. Lo hacen por unos segundos. El cocinero sonríe. “Vale, Capitán, ahora me voy a cambiar”. Como en el caso de Gian María Volonte, el Capitán era un ciudadano libre de toda sospecha, y sin importar la impresión que tuviésemos de él; él era el patrón, el poder constituido, nunca un sospechoso. Un día me acerqué a una camarera y le pregunté: “¿Estás segura de que él se llevó la hucha? Igual, esta calle siempre ha sido mal frecuentada, ¿no?, y el Capitán siempre deja el cierre abierto”. “Vamos a ver −respondió abriendo sus bellos ojos−, ¿justo cuando estaba llena?”.
El Capitán era un hombre agitado, raras veces era estricto, no alzaba la voz. Podía recibirte con un beso y un abrazo o mirarte de soslayo mientras se fumaba un cigarrillo en la entrada. No ocultaba que era inseguro. En momentos así buscaba compañía. Hablaba de sus problemas, de su exmujer, de su hija, de las deudas, de política, de sus amantes. Yo tenía la impresión de que siempre le faltaba algo: tabaco, papel de liar, un encendedor, una novia, memoria. Los cajeros del supermercado estaban acostumbrados a verlo entrar y salir hasta que lograba hacerse con lo necesario para el servicio. No se hallaba. Supongo que era normal. Después de ponerle el pecho durante doce años a la marea de turistas, tardes y noches de martes a domingo, no estaba quemado, lo siguiente. Padecía de eso que suelen llamar el mal de mar. Entre los factores desencadenantes de esta condición están la ansiedad, el estrés, la fatiga, el hambre y el humo. Se trata de un trastorno neurológico causado por el conflicto sensorial entre lo que ven los ojos (por el ejemplo, la imagen fija del restaurante), lo que percibe el oído interno (la marea fluctuante de comensales) y la frustración continua generada por la espera. Provoca náuseas, sudoración fría, ansiedad y vómitos. Por eso de vez en cuando estaba sentado a la entrada del Barco, la mirada estrellada en la pared de enfrente, porque la única manera de prevenirlo es contemplando el horizonte. Arreboles para la generación de los caídos.
Digamos que sí, que fue él quien se llevó la hucha con la propina de los camareros. Ese día llegó temprano. Hace un tiempo que sabe que lo hará. Lo planeó para un lunes. En caso de encontrarse con alguien en el camino, diría que vino a revisar una de las cámaras que se apagó en la noche. Entra al restaurante, enciende la luz, se prepara un café, está nervioso, acaricia la hucha, la pone en su mochila y se va. Sale con tanta prisa que olvida bajar la persiana y casi se cae al tropezar con un cono de cemento. Llega a su casa, se sienta en el suelo de la habitación, coge un martillo y le da un golpe. Se siente culpable, le da otro golpe y las monedas empiezan a verse, un tercer, un cuarto golpe, hasta que la parte en dos y los pedazos de la hucha vuelan por toda la habitación. Hay más de trescientos euros. Se compra unos zapatos, un nuevo sombrero y lleva a su novia a cenar.
Por mi parte debo aceptar y entender, como alguien me lo sugirió, que siempre ha sido así, que los extranjeros llegan aquí a hacer los trabajos menos valorados. O que podría haberlo denunciado por lo que hizo, como otro me explicó. Pero el asunto es otro.
NOTA: Las personas y los lugares citados en este texto son ficciones.
