Opinión

Yaruki ga nai

By 12 de diciembre de 2025No Comments

Antes de que mi amigo Álex me apremie con que le mande el artículo del mes, que luego vienen las prisas, me siento en mi sofá del Ikea y empiezo a teclear con cierta desgana, la verdad. No sé qué es lo que me pasa, lo prometo, pero estoy desganado, desanimado, con pocas ganas de batalla, sin fuste, como diría mi abuela.

Lo podría achacar al tiempo. El invierno se nos ha echado encima casi sin saborear el otoño, cuando despierto de la siesta ya es casi de noche y, por si fuera poco, las rodillas me duelen una barbaridad, constantemente. Por fortuna, ya tengo la cita con el traumatólogo y, a Dios gracias, no tengo que esperar una eternidad, es mucho antes de que me jubile. La visita al urólogo (orino poco y muchas veces) es incluso mucho antes, pero con la salvedad de que tengo que acudir al Hospital General de Villalba. Me dijeron que lo aceptara si quería llegar a conocer a mis nietos, que en Madrid van con algo de retraso. El caso es que, aprovechando el viaje, pues el otorrino también en Villalba, con un par de horas de diferencia, como en las escalas de los aeropuertos del mundo. La suerte es que al facultativo de los oídos no tengo que acudir en ayunas y aprovecharé esos 7200 segundos para hacer una tournée por los alrededores del sanatorio y tomar un café de especialidad. He comprobado en Google, por recomendación de mi psicóloga, que hay una cafetería muy buena cerca del centro hospitalario.

También podría acusar de mi desazón temporal a que he perdido el interés por Isabel Natividad. Aunque el refrán me lo recomiende, no, no me voy a unir a mi “enemigo”, paso, Ayuso me la pela, me la refanfinflan ella, su presunto novio y sus tejemanejes, sus paranoias, sus cañitas, su casposidad y sobre todo los que la defienden, ahora, antes y algunos nuevos que se han sumado a la corriente. Sí, el equivocado soy yo, tiene mayoría absoluta y, por lo que me huelo, durante tiempos inmemoriales, y además no tengo argumentos suficientes para decir lo que verdaderamente pienso del personaje. Pues hala, os la regalo, te la regalo, con mis mejores deseos. ¿Quién no ha hecho un regalo de cuñado alguna vez solo por joder?

Pues en esas estoy, caminando a deshoras en la silenciosa noche, buscando consuelo y respuestas, con el alma en pena.

¿Y qué se hace en esos casos? Buscar ayuda. 

Decía Pío Baroja: “En España hay siete clases de españoles: los que saben, los que no quieren saber, los que odian el saber, los que sufren por no saber, los que aparentan que saben, los que triunfan sin saber y los que viven gracias a lo que los demás no saben”.

Seguramente te venga a la mente alguno más, o muchos más por aquello de la globalización; por ejemplo, me vienen a la cabeza los terraplanistas, que también son en su gran mayoría españoles, pero hay que reconocer que en ese grupo de siete que nos decía Pío se engloba un buen número de seres.

Por cierto, necesito una ayuda. Esa especie de nubes que se ven en el cielo formando hilos interminables, ¿alguien me puede decir qué son? Quiero ir a Turquía para hacer una reimplantación capilar (podría ser otra causa del desaliento) y no es cosa de tirar los dineros.

Pues, queridos vecinos, que al final he echado el rato y he conseguido juntar unas letrejas, o letrucas, como dirían en mi tierra de adopción. Si os mola lo que habéis leído, pues chachi piruli; y si no os gusta lo escrito, pues que no os guste, me lo paso por debajo, como me recomienda mi psicóloga, que para eso pago por sus terapias.

Por lo menos he salido por un ratito de mi yaruki ga nai, que es otra de las buenas cosas que tiene este periódico barrial cuando escribes, pero sobre todo cuando lo lees.

Federico Gutiérrez