Opinión

Retratos del siglo XXI

By 12 de diciembre de 2025No Comments

Érase una vez personas que vivían en tiempos muy extraños, énfasis en extraños.

Existía por aquel entonces una persona que un día le gritó a su reflejo del espejo “ya está bien”, por no decir “YA BASTA” o cualquier palabrota que diría alguien menos educado. Resulta que esta persona se había hartado de todo lo que uno se podía hartar. Y decidió que lo único que necesitaba era gritarle a alguien, pero su valentía no le acompañó más lejos que al baño. Cuando terminó de gritar, tampoco es que quedara muy satisfecho. Más bien logró que su mascota le mirara con una cara que gritaba “necesitas ir a terapia”.

Existía un individuo que vio a una persona sentada en el parque cuyo estilo le pareció digno de estar en una foto. Se fijó en que su modelo llevaba la ropa sucia y tallas demasiado grandes para su cuerpo, pero esto le pareció icónico. Luego vio que llevaba un zapato distinto en cada pie y un gorro que escondía un pelo sucio de mugre. Esto le pareció sorprendentemente interesante. Cuando se acercó vio que era un look que parecía ser de una persona desfavorecida. Por casualidad, notó la típica colonia que huele a pis, sudor y bocata de mortadela. Tan pronto como el individuo se dio cuenta de que le había sacado una foto a una persona sin hogar, no pudo contener la emoción de compartirla con sus seguidores.

Existía un ser humano que no conocía el lenguaje del país donde se había mudado. En una ocasión, se metió en una discusión con un desconocido por haber aparcado su bicicleta en la acera donde no molestaba a nadie. Tras un buen rato discutiendo sin entender de qué iba el asunto, se dio cuenta de que nada de lo que pudiera hacer sería suficiente. El problema no era el espacio que ocupaba la bicicleta, sino el espacio que ocupaba el dueño, por estar en un país donde una sola persona no lo podía tolerar.

Existía alguien a quien la vida que veía desde detrás del mostrador le parecía un programa de televisión, lleno de escenas tan irritantes como envidiables. A veces no sabía distinguir el uno del otro, pero le era suficiente con ganar dinero para comprarse cosas bonitas, darse un lujo o irse de vacaciones al otro lado del mundo. Se conformaba con cualquier cosa que se podía pagar, siempre y cuando no tuviera que afrontar el hecho de que en realidad estaba viviendo para trabajar.

Existía un creyente que se dejaba llevar por lo que le decían. Al principio, todo le parecía curioso e interesante; pero, cuando se topó con la censura y su comportamiento fue regulado, dejó de sentirse bien. Entonces, en lugar de hacer lo que los demás hacían, se dedicó a fingir para no dejar de ser lo que otros creían que era. Vivió sabiendo que era un fraude, con la cabeza agachada en la miseria. Sin embargo, incluso después de su muerte, la gente continuó viéndolo como un honesto devoto.

Existía una entidad que se dio cuenta de que ya había pasado más de media vida y aún no la había vivido del todo. Estaba, según su reloj orgánico, viviendo en un tiempo prestado porque su cuerpo no le permitiría seguir siendo quien era, pues un día llegaría a su fin. De hecho, su cuerpo preferiría estar en un ataúd, enterrado bajo tierra, para descansar por primera vez en muchos años.

Existía un engendro cuya infancia careció de pautas y pausas. En su breve juventud creció rápido y mal, cada vez más desagradable tanto física como mentalmente. Al hacerse mayor, nadie quiso darle una oportunidad. Nunca logró entender por qué nadie lo soportaba y por qué absolutamente todo era culpa suya.

Existía un sujeto cuya inseguridad hacía que se le cayeran los pantalones, pues le pesaban tanto los bolsillos llenos de dudas y temores. Pensaba que nunca llegaría a ser alguien en la vida. Aun cuando llegó a ser el señor supremo del planeta, seguía esperando encontrar su verdadero éxito.

Y así continuaron todos y muchos más con sus extrañas vivencias, mientras el mundo giraba indiferente, como si nada de eso importara, pero importando demasiado para que alguien lo notara.