Solo me preocupa el pescar, porque es una comodidad
Con la llegada de tecnología como el internet y nuestro afán por calcular los días, horas y minutos, el paradigma cultural inamovible es hacer más cosas en un menor tiempo. Y es cada vez menos referido en cuanto a lo material y más hacia la acumulación de experiencias. El capitalismo, tan manoseado como concepto, es, sí, un sistema económico, pero también una cultura. Nos gusta enseñar nuestra lista de adquisiciones sensitivas para demostrar de qué pasta estamos hechos. Pero cuando alguien me pregunta qué me apetece hacer, la respuesta honesta es sencillamente poder pescar. Me refiero a la imagen en sí, porque no he puesto un gusano como cebo en mi vida.
Estuve un verano entero en medio de la nada, no en la España vaciada, bastante más lejos aunque seguramente tiene sus semejanzas. Al principio me moría del asco, tanto adiestramiento en hacer muchas cosas a la vez que te parece impensable estar haciendo solo una. No tardé mucho en acostumbrarme. Me aficioné a que entre colegas de trabajo nos escribiéramos SMS, ya que se podían permitir no tener mensajería instantánea. También era posible, como es de imaginar, porque éramos literalmente vecinos y compañeros de trabajo. Antes de perder el hilo sobre la diferencia entre el trabajo y mi vida personal, me mofé de la endogamia que había. El resort era estéticamente chulo y, en términos funcionales, hecho a medida para la gente adinerada. Se había construido un minilago para ellos solos para aprender a pescar presas domesticadas que caían rendidas a cualquier hora. Intenté bichear a los huéspedes cuando brevemente me dejaban de apuñalar las comandas. Ya podían tener otras costumbres y no pedir tanta pasta a la boloñesa, ¡ja, ja! Por aquellas tierras había osos de varios tipos, aunque, por suerte o por desgracia, me limité a ver algunos correr a lo largo del río desde la bicicleta.
Otras personas, al ver un Oso Yogui a media distancia, no quedó claro si no se enteraron bien o no quisieron, pues quisieron usar el espray de osos y, pensando que era más como un escudo y no un rifle, se lo dispararon por toda la cara y los brazos. Acabaron en el hospital, pero por lo que escuché, mientras estaba ocupada lavando un arroz baratujo unas cuatro veces, se recuperaron.
Para conseguir comida fuera de la despensa del trabajo, era una hora en coche la ida, otra de vuelta. Varios de los productos que encontrabas no los permitiría la normativa europea tanto por azúcar como por aditivos. El sueldo por el que me había matado lo perdía en melones enanos y en comida preparada por si tenía que ir fulminando al trabajo. ¿De qué me podía quejar? Regresaba tan muerta que me desplomaba en la cama más gigante que he tenido, con un ventilador que ocupaba todo el techo. De vez en cuando, llegó a caer alguna tormenta. Las vistas que tenía eran de campo y montaña en medio de la nada, y yo estaba en un hoyo.
Si gritaba “socorro” igual un Yogui vendría a saludarme preguntándome si primero la pierna o el brazo, dependiendo de lo educado que fuera. La mosquitera estaba bien hecha. Con un curro tan agotador, todo lo que son necesidades básicas parece una maravilla, tanto si te invitan a comer unas pizzas como a tirar frisbees entre colinas. Si quieres tomar algo, bajas un poco la carretera y te pillas una hamburguesa bien sencilla que, después del curtido entre fogones, la hubieses hecho mejor en cero coma. Era el sueldo de una hora, pero la camarera me miró mal al no darle más propina. El billar del garito estaba bien, y las cabezas de tantas bestias colgando no me desagradan demasiado. Pero no nos engañemos, que nada de lo que hice es lo mismo que salir a pescar…
Carlota Magdaleno Ruiz
