Barrio

Lavapiés: la cara sucia

By 9 de noviembre de 2025No Comments

La entrevista de este mes no es una entrevista de riesgo, la entrevista de este mes es el espacio amable, sereno y cálido que estábamos necesitando después de transitar por lugares tan escarpados y amenazantes.

No tenemos que demostrar permanentemente hasta dónde somos incorruptibles, invulnerables e inmunes al miedo y el desaliento. También es verdad que podemos encontrar alivio a las tensiones propias de la política en espacios de libertad más ligados a la cultura y la creación. Lugares de encuentro, de afecto y de celebración de la vida y la belleza. No es que en esta entrevista falte el puntito de denuncia y de transgresión que Piluka, sin duda, tiene y desde luego tampoco ha eludido ninguno de los temas planteados, pero no vemos, en esta ocasión, elemento de conflicto alguno.

Seguramente, en los artículos firmados sí se seguirán manteniendo la tensión y la polémica y ese ejercicio más o menos descarado de que cada cual arrime el ascua a su propia sardina.

Tenemos que reconocer que es tal el nivel de forofismo de los seguidores de argumentarios que, de vez en cuando, apetece hablar del mar y los peces y no salirse de lo previsible y, como mucho, dejar a los firmantes de cada artículo las sumisiones, heroicidades o desafíos que correspondan.

También se acerca el veranito y hasta los debates los hemos pensado más livianos. Y como nos conocemos y sabemos que la cabra tira al monte, rebajaremos el nivel de cafeína del café de los viernes y la cantidad de azúcar de los dulces que suelen acompañar a ese café, no sea que tanto azúcar alimente demasiado el cerebro y el hígado o los riñones se vean afectados por tanta incorrección dietética.

Cada cual con su catecismo, disidencia acotada y dentro de un orden, y que nada altere la paz del cementerio.

Lavapiés: la cara sucia

 

Lavapiés, el histórico barrio multicultural de Madrid, está viviendo una profunda y terrible transformación social. De ser un barrio símbolo de convivencia popular, de variadas etnias y bohemia, se ha convertido en campo de batalla entre gentrificación y supervivencia vecinal. En menos de una década, el barrio se ha estigmatizado como marginal y convertido en una oportunidad de negocio de inversionistas y plataformas turísticas, cambiando totalmente el paisaje urbano y humano.

De ser un barrio obrero, las inmobiliarias han adquirido edificios enteros, residiendo contratos de alquiler, expulsando familias de inquilinos con años en el barrio. En calles como Tribulete o Mesón de Paredes, se ven inmuebles reformados, revalorizando los pisos, con alquileres inalcanzables que familias con rentas bajas no pueden pagar. Lavapiés, en su momento barrio de inmigrantes, artistas y movimientos sociales, hoy se ha transformado en un barrio que alberga turistas y visitantes de paso.

Recorrer el barrio da la sensación de dejadez: aceras sucias, basuras acumuladas y visibilidad de consumo de drogas en la vía pública. Hay permanentemente denuncias de los vecinos, por mala convivencia y escenas degradantes, donde el consumo de drogas y la prostitución proliferan como muestra del abandono institucional. Los reclamos de los vecinos en forma permanente no se condicen con las réplicas del ayuntamiento, asegurando que es permanente la gestión de la limpieza y el trabajo con los servicios sociales y policía. Las asociaciones vecinales reiteran la degradación que justifica el alejamiento paulatino de los residentes más vulnerables.

Los bares tradicionales cierran, dando paso a cafés gourmet con espacios de coworking, entregando una estética de modernidad acorde al globalismo reciente. La identidad del barrio va cambiando, entre el consumo cultural y el incipiente negocio del turismo urbano.​

En Lavapiés coexiste una economía sumergida entre narcopisos y el trabajo sexual. Dos fenómenos feos que dan un rostro de la precariedad que deja la gentrificación. La prostitución y el narcotráfico, lejos de ser un fenómeno nuevo, de estar en locales cerrados pasan a la vía pública, dando una imagen decadente al barrio.

Lavapiés se ha promocionado como un barrio diverso y tolerante. Esta inclusión de verdad se resquebraja con la llegada de residentes con más poder adquisitivo y comercios dedicados al público más cool, desplazando a los colectivos que daban su carácter diverso, como las comunidades africanas, árabes, latinoamericanas y colectivos LGTBIQ+, que sienten que el barrio ya no les pertenece. 

La gentrificación del barrio Lavapiés no solo ha transformado fachadas, también ha ido borrando memorias, acentos y redes afectivas. Ese castizo que fue el símbolo de resistencia vecinal, ahora se disputa entre el lujo y la ruina, se disputa el turista de paso con el vecino que ya no encuentra su casa. Lavapiés no muere, solo cambia de dueño.

Juan Manuel Muñoz