Opinión

Una última despedida. El acto

By 16 de octubre de 2025No Comments
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Una última despedida. El acto

 

Hoy, en las aguas cálidas de un mar plácido tan querido por ambos, vengo a depositar tus cenizas, a liberarlas de esa urna que las contiene dándoles la libertad para mecerse en esas aguas y reposar en su seno. Vengo a darte el último adiós realizando tu deseo…, dando con esto un paso más en el duelo. Cuando me las entregaron, las llevé conmigo a casa y me dije: “Bueno, son tus cenizas, pero estás en casa”. Pasados los meses entendí que no tenía sentido aferrarme a ellas, que las cenizas son solo cenizas, que hay que aprender a soltar, que los recuerdos y las sensaciones que los acompañan son buenos y en ocasiones buscados, pero aferrarse a ellos es castigarse dando la espalda a la vida. Cuando falleciste escribí que no iba a retenerte y que me quedaría con tus mejores recuerdos. Me ha costado y aún me cuesta tanto una cosa como la otra. Encajábamos a la perfección, incluso en altura para caminar por la calle abrazados, como solías decir. He sido feliz y he sufrido a tu lado, pero te doy las gracias por haber existido y haberme elegido como compañero de vida. Ahora, vivimos en dos planos diferentes de existencia, donde la conexión física es imposible, donde tú has de seguir creciendo y yo, aquí, aprendiendo. Aprendiendo a vivir sin ti, aprendiendo a quererte de otra forma, aprendiendo a permitirme… Últimamente he descubierto escritos tuyos que nunca llegaste a mostrarme y que no voy a reproducir, bueno…, tan solo una frase: “Conocerte es lo mejor que me ha ocurrido en la vida”, y yo te digo: “Estábamos predestinados”. Tú llegaste a este mundo con una información genética que te haría padecer una larga y cruel enfermedad, y yo llegué un poquito más tarde que tú, pero desde bien chiquito con aprendizaje como cuidador. Lo sublime de todo esto es que todos los sentimientos y acciones partieron desde el corazón, partieron desde el amor. “Obras son amores y no buenas razones” o “el amor es estar ahí cuando el otro te necesita”, es algo que aprendí de las mujeres que me criaron. La vida es sabia, de otra forma nunca podría haber sido.

Llevo dos días por esta tierra mediterránea, oliendo ese mar, paseando por su orilla, viendo a parejas mayores cogidas de la mano, hinchándome de recuerdos y sensaciones y sintiéndome triste y algo extraño sin que tú estés a mi lado…, añorándote. Ahora, voy a hacer el acto de echar tus cenizas al mar, conscientemente, desde el amor y el respeto que siempre nos tuvimos, en presencia de tus familiares y de los corazones de quienes te quisieron y no han podido estar hoy aquí y de ti misma, que seguro que acudes acompañada a compartirlo, y con ello pondré fin a una etapa del duelo para poder seguir adelante, para poder seguir cerrando etapas.

Tres, fuisteis tres las mujeres de mi vida, tres rosas que ahora, sus cenizas, compartirán aguas y lecho marino. Hasta siempre, Cari.

El acto.

Motor parado, balanceo, silencio solo roto por el ligero choque de las aguas con el casco, olor a mar, me abstraigo, no hay nadie más, solo tú y yo. Abro la urna y empiezo a sembrar con tus cenizas la mar, lentamente, viendo cómo las mismas se mecen un instante y luego desaparecen. Cierro los ojos, me lleno de ese olor, del silencio apenas perturbado, y tu imagen acude a mi cabeza, sonriente, y una lágrima de amor recorre mi mejilla. Me siento bien, extrañamente tranquilo, y por un instante el silencio es total y tu presencia me invade por completo… ¡Qué gozada!

Carlos Fernández