Andrea Fergón @versayunando
¡Qué pesadas son las sombras
a pesar de que no podamos verlas!
¡Cómo cansa el no hacer nada
cuando tenemos todo por hacer,
y parece que ya lo hemos hecho todo!
¡Qué largos son los días
cuando la vida que nos queda ya es corta!
¡Y qué egocéntrico, el dolor!
que centraliza sus motivos
y los convierte en excusas
para pronunciar “noes”
queriendo solo decir “sí”.
Se le clavan las esquinas de su cuarto
en la yugular.
Las paredes le acorralan
en grandilocuentes silencios
que no escucha.
Asustan los ruidos
que nadie hace.
En la nevera,
le falta lo que no necesita
y le sobra lo que tiene.
Solo es él,
a solas con la soledad,
y son demasiada gente.
Antes, era la cabeza
la que le frenaba las patas al corazón.
Ahora, ya ni eso.
Es ella la que sale corriendo,
escapando de cualquier latido…
Se queda ajeno,
perdido en sí mismo
y en las calles de casa
que son los pasillos.
Qué traicionero el subconsciente
cuando toma la batuta,
ridiculizando
a la compostura.
Ojos que no ven…
ven a otros ojos que juzgan
lo que él no ve de sí.
Bendita la música
que le transporta en el tiempo
cuando los recuerdos
parecían esfumados.
Solo ella le hace vibrar
más que él a la cuchara en sus manos
sin saber qué provoca ese terremoto,
cuál es el epicentro de los temblores.
En el ring de boxeo redondo,
que es el reloj,
hay un pulso eterno con el tiempo
repartido en citas con médicos
de las que se compone el día a día.
Dormir, comer, cenar…
y volver a empezar.
Un pastillero
usado a modo de salero
es el compañero de mesa,
la sazón de cada menú.
Dependes de todo
y nada de ti.
La arena se acaba,
parece que ya,
parece que nunca.
De vez en cuando…
un viaje en el tiempo,
al pasado
a bordo de una memoria
que patina.
Reina el pretérito
en un presente sin futuro.
La cama engulle
cuando cesa un insomnio
en el que el sueño es ensoñación.
Lo malo conocido
es la única opción:
vivir en una casa vacía de gente,
llena de cosas.
¡Qué mala sería una residencia
llena de gente,
vacía de sus cosas!
A sus tesoros se aferra
sin darse cuenta
de que el efímero es él
y no sus pertenencias.
Cuando ya no le pertenezcan
dejarán de tener valor
al perder lo emocional.
No quedará ni París
tras su partida.
Y mi único miedo
es que nadie más que yo
llore su pérdida.
POEMA DEDICADO A JOSÉ MIGUEL Y A TODAS LAS PERSONAS QUE VIVEN EN SOLEDAD NO DESEADA.
