Este mes me voy a ocupar de describir la situación de mi suegro, que podría ser la de cualquier español de su edad.
Hay un momento en que por vejez o por enfermedad no se puede seguir viviendo solo. Toca dar respuesta cuando el cuerpo empieza a dar señales claras de que no responde como a uno le gustaría. Así fue como Gonzalo, con 86 años, tuvo que estar ingresado durante dos semanas por unos dolores fuertes de cabeza que le provocaron falta de movilidad, mareos y una caída que afortunadamente no supuso ninguna rotura ni golpe en la cabeza.
Fue un antes y un después. De estar viviendo solo, andando despacio con su bastón y con ayuda de una persona de la Comunidad de Madrid que venía a limpiar, ayudarle en su aseo y a comprar, a salir del hospital en silla de ruedas y con pañal. Totalmente dependiente.
Ese tiempo ingresado fue una montaña rusa de emociones. Lo que estaba claro es que al salir de allí no podía seguir viviendo solo y había que ver cómo hacer ante la nueva situación. La opción de venir a casa no era posible por espacio y por la atención que se requiere tener en esas condiciones; quedaba la posibilidad de contratar a alguien interno para cuidarle en su propia casa o bien ir a una residencia. Finalmente se optó por la residencia. Lo que decantó esta decisión fue que teníamos una a la puerta de casa que nos parecía adecuada. Imaginamos que esto supondría una mejor adaptación al verle con frecuencia y que sus nietas pudieran visitarle a menudo.
Se trataba de una residencia concertada de la Comunidad de Madrid, con un coste de 3071 €. A la par solicitamos la ayuda a la Comunidad sabiendo que son seis meses aproximadamente lo que tardan en contestar si conceden el grado de dependencia III y la ayuda económica.
La residencia era grande, con 13.800 m2, con una capacidad para 232 ancianos en habitaciones individuales y dobles con baños adaptados y cama eléctrica. Instalaciones amplias, modernas, con jardines, gimnasio, 13 salones con diferentes ambientes, actividades, excursiones, fiestas… Bueno, como dice la web de la residencia: “El bienestar de su segundo hogar. El lugar perfecto para nuestros mayores”.
Yo personalmente comprobé que las instalaciones estaban muy bien, pero la cosa cambia cuando mi suegro ingresa y empiezas a vivir el día a día allí dentro. Acompañándole casi a diario, no hizo falta que pasara mucho tiempo para ver que la falta de personal era una triste realidad. En el puente de mayo quedó patente: abuelos esperando hora y media para entrar al servicio, auxiliares llorando porque no daban abasto, personal de baja, residentes sentados todo el día en una silla de ruedas porque la siesta no corresponde si no lo prescribe el médico…
Gonzalo nos contaba que se le hacía eterno desde que le subían de la cena a su habitación, de la planta baja a la segunda. Fuimos observando, hablando con los residentes y sus familiares, y todos coincidíamos: muchos residentes dependientes para poco personal y un personal que rota mucho porque los sueldos no llegan ni al salario mínimo.
Hablamos con la directora y le expusimos todas las quejas. Conseguimos que a Gonzalo le dieran desayunos más variados, que comiera y cenara en su planta y que se acostara la siesta. Le evidenciamos la falta de personal que veíamos, pero frente a eso nos dijo que la residencia siempre pasaba las inspecciones cumpliendo las ratios que marca la ley.
Nos queda claro que ni mucho menos esas ratios son las adecuadas para que nuestros mayores en las residencias estén bien atendidos.
Gonzalo no llegó a cumplir el mes en la residencia, murió de repente. El médico de la residencia puso en el certificado que el motivo de la muerte había sido una parada cardiorrespiratoria y añadió las dolencias que padecía. No sabíamos que para averiguar el motivo del fallecimiento teníamos que hacerle una autopsia y para ello poner una denuncia en el juzgado correspondiente.
Nos queda claro que las residencias son una “máquina de hacer dinero”, que la prioridad no está puesta en la atención y que esto pasa a nivel nacional. Los familiares tenemos la responsabilidad de hacer seguimiento y ejercer presión para su buen funcionamiento porque todavía queda mucho por avanzar en este terreno.
Nati Jimenez
