Una señora me ve riéndome con el móvil y me dice: “¡Ay el amor, qué será lo que te está contando la novia!”. Yo con cara de inocente le digo que es cierto, que es por la novia inexistente por lo que me río. Pues carezco del coraje para decirle que la verdadera razón por la que me río es por una foto de un gato con una cara seria acompañado de una sola palabra debajo que dice “lunes”. Creo que hice lo correcto. De no ser así tendría que haberle mostrado a la señora la imagen del gato y arriesgarme a que mi humor fuera juzgado, algo que mi baja autoestima no tolera para nada. Sinceramente, prefiero pretender que soy una persona normal y que me gusta la cultura y la forma de vida usual, antes que tener que ponerme a explicar lo que es un “meme” y lo absurda que puede ser la cultura online. No es que la otra persona no me hubiera entendido, es solo que me habría llevado tiempo explicar por qué un gato enfadado me hace gracia y por qué lo estoy viendo en el móvil. Sería lo mismo que ponerme a explicar por qué en algunas culturas no comen cerdo y en otras no comen vacas.
A mi modo de verlo, entiendo estas cosas absurdas que veo online porque he crecido en esta generación. Aunque hoy en día hasta mi madre sabe lo que es un meme y por suerte a ella también le hacen gracia los gatitos. Sin embargo, su aprecio no va más allá de lo bonitos que son estos animales o las caras divertidas que ponen. Yo, en cambio, me he llegado a reír de imágenes cutres o absolutamente carentes de sentido, las cuales si mi madre viera me propondría seriamente que dejara de usar el móvil. Pero para mí eso sería imposible. A estas alturas de la vida no me veo capaz de vivir sin el móvil. La causa de esta adicción es culpa de muchas personas, como los desarrolladores de las aplicaciones o los famosillos influencers. Culpo a todo el que pueda menos a mí mismo, claro. Llevo usando un móvil inteligente desde que tenía 13 años. Tanta vida he pasado desde entonces que no sabría contar las horas que he usado el móvil y poco menos las horas que de verdad me ha servido.
Cuantísimo contenido habré digerido a través de las pantallas de estos cacharros. Me gusta pensar en el dicho “Eres lo que comes”, que sin duda se aplica en este caso. Por eso me pregunto en qué medida soy lo que he consumido y consumo a diario en mi teléfono. Hace no mucho descubrí que la gran mayoría del contenido con el que me he topado en mi vida siempre ha estado rigurosamente seleccionado por alguien. O al menos ha sido planteado por alguien, como cuando Google presenta los resultados de la búsqueda en su orden específico. Pues el hecho de que una página web salga antes que otra no es una coincidencia. Resulta que los vídeos de animales haciendo cosas graciosas no han sido “recomendados” por YouTube, sino que el algoritmo ese omnipotente del que todos hablan ha hecho su magia para que millones de personas vean lo mismo en sus pantallas.
Hoy en día noto que llevar y usar el móvil es como tener una extensión de mi propio cuerpo. Es un órgano vital. Me cuesta creer la cantidad de veces que he sentido un susto por no sentir mi móvil en mi bolsillo. Salir de casa sin el móvil es como salir de casa sin las llaves, sin la cartera, sin mis recuerdos más preciados y sin mis fotos de gatos. Si salgo de casa sin el móvil, ¿qué diablos voy a sujetar por la calle para fingir que soy una persona ocupada? ¿Cómo voy a entretenerme cuando el semáforo está en rojo o cuando tengo que esperar un minuto para que venga el metro? Me sería imposible sobrevivir sin mi smartphone. Yo estaría bien representado en una de las fotografías del artista Eric Pickersgill en su serie Removed, donde se puede ver gente sosteniendo la nada porque Eric quitó de las fotos todos los móviles. También quedaría con una cara de memo y una media sonrisa porque, en vez de estar viendo una foto de un gatito enfadado, estaría mirando la palma de mi mano, como si estuviera drogado por mi adicción a ese vacío que ocupaba el móvil.
Riday Abdur Rahaman
