Barrio

Mi tribu

By 20 de julio de 2025septiembre 4th, 2025No Comments

Soy un tipo al que de joven le hubiera encantado viajar como un aventurero, conocer sin prisas sitios diferentes, maneras diversas de sentir, de entender, de mirar. Lo malo es que, aunque ansiaba ver todo lo que había más allá de mi reducido universo, me faltó iniciativa para explorar otros mundos, sus maravillas y enigmas. Pero, pese a mi frustración por haberme estancado en mi barrio, en Embajadores, doy por bueno pertenecer desde siempre a este lugar de Madrid y compartir con mi tribu, con mis vecinos más humildes, los avatares de la vida: fiestas y duelos, fiascos, esperanzas, amenazas de desahucios, luchas vecinales de un pasado de rebelión y dignidad… En suma, nuestra cotidianidad, a menudo tediosa, pero a veces también heroica.

Lo confieso: por desgracia, nunca he paseado por Nueva York y su Central Park, ni siquiera he pisado la arena del Coliseo de Roma, y lamento no haber orado en el templo del Buda de Esmeralda, en Bangkok, o en la catedral de San Vito, en Praga. Y créanme: me da rabia reconocer que jamás he oteado Atenas desde el Partenón, ni he cruzado la avenida Nueve de Julio de Buenos Aires, ni me he extraviado por los manglares de Sundarbans, en Bangladés y la India. Añoro a diario lo que aún no he hecho: acampar en África, recorrer sus imponentes sabanas, recrearme en la amalgama de colores y destellos de los amaneceres de la Tanzania del Serengueti, que me den sombra y cobijo los baobabs de Madagascar o que me salpiquen las aguas de las cataratas Victoria, entre Zambia y Zimbabue.

Como apenas he viajado, solo tengo esta tribu, la de Embajadores y su Lavapiés, pero la hospitalaria y generosa, la que no discrimina, la que se arriesga por el otro y acoge al forastero. De niño, cuando vivir consiste en descubrir, me impresionaba que los vecinos, al sentirse abandonados por las instituciones, se unieran y se rebelaran porque no toleraban el desamparo ni romantizaban la pobreza. Eran ciudadanos alegres, pero desenterraban el hacha de guerra si veían que el ambulatorio se caía a trozos, que las farolas no alumbraban o que se necesitaba vivienda social, así que las autoridades temblaban cada vez que la tribu se amotinaba. Esto hoy lo echo en falta. Y cuando sea viejo, un carcamal lleno de recuerdos descabalados, deambularé por el barrio rehuyendo la soledad y buscando compañía, alguna tertulia callejera con otros ancianos del mismo clan y parecida nostalgia. Coincidiremos en Cascorro o en Argumosa, y me pesarán menos los años y olvidaré mis achaques si hallo algo de rebeldía entre tantas canas, si nos siguen sublevando las obscenidades del poder y la violencia del sistema. No, no quiero ser un vejestorio sumiso, de esos que obedecen a la tele.

Sin embargo, reconozco que me he quedado corto en mi perspectiva y mis puntos de vista, pues la amplitud de miras se logra viajando, abriendo los ojos y ventilando la mente mientras descubres el mundo y su inmensidad. No saben cuánto me duele no haber presenciado nunca un ocaso en el Chile de Puerto Williams, en el archipiélago de Tierra del Fuego. Tampoco tuve la determinación de visitar Nueva Zelanda para emocionarme con el azul turquesa del lago Pukaki, en Isla Sur. Y, por supuesto, hubiera sido muy feliz contemplando las fluorescencias de una aurora boreal en Nunavut, en Canadá. Además, cuando estoy agobiado, desearía aparecer en París y caminar por Montmartre o Le Marais, como aquel año en que la familia entera cogimos un tren y fuimos para allá presintiendo que, en cuanto pusiéramos un pie en suelo francés, ya extrañaríamos la Ribera de Curtidores.

Así es, le soy fiel a una tribu vecinal llamada barrio de Embajadores. La existencia se me ha comprimido por ello más de la cuenta, de sobra lo sé, pero les aseguro que, si volviera a nacer, esta vez no recularía y ensancharía mi vida viajando sin cesar. Eso sí, pese a mi falta de kilómetros, por instinto he aprendido algo muy cierto: que, por mucho que uno quiera huir de sí mismo, no lo conseguirá ni yéndose al último confín del planeta.

 

Alejandro Flórez-Estrada Vergara