El muchacho rodó por un barranco de la Çosta dü Morte, y el corazón de la joven con él. Los dos hermanos se habían prometido que nada los separaría, que nunca dejarían de cuidar el uno del otro. Así lo aprendieron de sus padres, que siempre se cuidaron mutuamente quizá porque, al ser pobres, no tenían otra cosa que su amor. Pese a todo, hacía cuatro años y medio que no vivían con sus hijos en casa, sino que los observaban orgullosos desde el Infierno. Era allí donde enviaban a los ladrones al morir, por mucho que los muchachos quisieran convencerse de que sus padres estaban en el cielo, o por mucho que la Biblia intentase engañarlos llamando bienaventurados a los que roban para vivir. En el caso de Acracio y İhanet, robaban para que pudieran vivir otros, para dar a los demás la oportunidad que nadie les concedió a sus padres.
La tarde moría en Gâlizhia y los hermanos con ella. Acracio caía por el despeñadero, junto a sus últimos rayos de sol y sus últimas monedas robadas. İhanet bajaba corriendo tras él, saltando de piedra en piedra y de miedo en miedo, sin saber si dejaría de girar antes el cuerpo de su compañero, o si lo haría el Mundo. Las lágrimas resbalaban por el rostro desolado de la joven, como dos ríos a punto de morir a orillas del océano hermano. Le llamaba a gritos aunque no pudiera responderla, y tal vez ni oírla, esperando que su voz pudiera mantenerle con vida. Cuando al fin Acracio se detuvo el tiempo también lo hizo, permitiendo que İhanet se arrodillara junto al muchacho para acunarle contra su pecho. Sollozando, le dijo que sin él no podría seguir viviendo sobre un planeta que según la gente era plano, y en el que todos decían descubrir el vacío del fin del mundo cuando, a sus pies, la moneda se acababa.
—İhanet…, seguirás sin mí… Prométemelo… —balbuceó Acracio al oírla.
—No… Vas a ponerte bien… —respondió İhanet, apretando esa mano que, pese a ser de un ladrón, tantas veces compartió el pan cuando no tenían.
—¿Te acuerdas de cuando papá nos decía que, aunque el Mundo fuese un lugar muy grande, estaba habitado por seres con el corazón muy pequeño?
—Sí, por no compartir… —respondió İhanet entre lágrimas.
—Nosotros hemos querido cambiarlo…
—Sí, y ahora tú estás herido…
—No importa, İhanet, seguro que ha merecido la pena intentarlo. Prométeme que si mue…
—No vas a morir… —sollozó.
—Prométeme que si muero seguirás por los dos. Sabes lo que hay que hacer.
—Acracio, yo no dejaré que…
—Shhhh…, calla… —dijo, colocando el dedo sobre sus labios llenos de lágrimas—. Hazlo por nuestros padres.
—Yo sola no podré…
—¿Recuerdas que dijimos que enterraríamos a todos nuestros compañeros en la Quinta Post Mortem?
—Sí…, porque siempre lo compartieron todo, y para que eso no cambie ahora…
—Pues también quiero que me entierres allí.
—No digas eso…
—Voy al encuentro de nuestros padres.
—No te vayas…
—Prométeme que nos enterrarás a todos en la Quinta Post Mortem. Prométeme que no te rendirás nunca.
—Te lo prometo…
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Inicio de la novela Copia de un libro para enfermos, de Sara de Mingo Fernández. Descárgate las primeras 50 páginas en su web www.Sarademingo.wordpress.com
