¡Oh, en qué fatídico momento descubrimos esa frase comodín! Ante alguien que hace una crítica social o política, cada vez más nos encontramos la respuesta «es lo que hay». No es una respuesta cualquiera como «sí, sí, lo he visto», o «estoy de acuerdo», y mucho menos «hagamos algo al respecto», no. «Es lo que hay» viene generalmente acompañado de un encogimiento de hombros, lenguaje corporal del conformismo. Más aún: es el cierre de la conversación; o sea, mejor no meternos en eso.
El gran apagón del 28 de abril me pilló leyendo el libro Cómo las pantallas devoran a nuestros hijos de Francisco Villar Cabeza, y había descubierto la asociación ALMA, “adolescencialibredemoviles.es”.
Según UNICEF, el 94,8% de las criaturas de la ESO tiene un móvil con internet. El informe PISA de la OCDE demuestra año tras año que las pantallas merman el rendimiento escolar. Muchos otros estudios coinciden en el efecto devastador de esta conexión a las pantallas que nos invade sobre el desarrollo de la inteligencia y, en general, sobre la salud física y mental.
Sin embargo, siguen contándonos que las nuevas generaciones son «nativos digitales» cuyo maravilloso cerebro multitarea es capaz de atender una clase o hacer sus deberes mientras navegan por las redes sociales o ven videoclips. Este término nada inocente es una invención muy rentable de la industria porque, si ya nacen con esa mutación repentina del cerebro humano, que no había cambiado perceptiblemente en millones de años, será natural e inevitable, ¿no?
Es cuestión de clase porque, a menor nivel socioeconómico, más adicción de nuestras criaturas a las pantallas y especialmente a sus usos “lúdicos”. Desgraciadamente, muchas familias se han dejado engañar por seudoestudios según los cuales los videojuegos tienen un gran poder educativo e incluso mejoran las habilidades sociales. Mientras, los ejecutivos de Silicon Valley que diseñan estos dispositivos adictivos se los prohíben a sus hijos e hijas. Michel Desmurget lo cuenta todo en su libro La fábrica de cretinos digitales.
También es cuestión de género. Uno de cada cinco niños de 8 años ya tiene contacto con la pornografía. En 3.º y 4.º de la ESO acceden el 47% y, a partir de los 14, ya es generalizado el consumo de esos contenidos que son, sistemáticamente, violencia extrema hacia las mujeres. En caso de ciberacoso, la tasa de depresión grave se multiplica por seis, y la de ideación suicida por cuatro. Pues bien, según UNICEF, las chicas son las que más lo sufren y las que menos lo practican. Las cifras de suicidio entre los 15 y los 19 años, que históricamente eran mayores para los chicos, han llegado a igualarse por sexos en 2021. De hecho, su incremento del 56% en 2021 respecto a 2020 es prácticamente atribuible a las chicas.
La serie inglesa Adolescencia (en Netflix) retrata crudamente la catástrofe en la que se ve sumida nuestra juventud. Es devastador ver a un padre y a una madre diciendo: «Creíamos que nuestro hijo estaba seguro en su habitación».
Por estas y otras muchas razones, yo me pregunto una vez más: ¿cómo es que en toda la UE los gobiernos siguen obsesionados con el «objetivo de la digitalización»? ¿No sería posible prohibir los móviles por ley hasta al menos los 16 años, como propone ALMA? Me contestan que no es posible. ¿Por qué? ¿No se prohíbe la venta de alcohol a menores, conducir coches hasta los 18 años, etc.? Cualquier padre o madre sabe que solo es posible hacerlo colectivamente. Y ahí viene la frasecita: «Ya, ya, pero no va a pasar…, es lo que hay».
Junto al «es lo que hay», otra variante: «Es la política». Un mes después del gran apagón, mientras ingenieros independientes nos cuentan con pelos y señales lo que pasó, el Gobierno lo único que nos ha dicho es que se desconectaron primero áreas del sur y del suroeste peninsular, y habrá que esperar de 3 a 6 meses a que una comisión de investigación nos cuente sus resultados. Interesante, inquietante, para reír por no llorar.
Le pregunto a un amigo que lo sabía todo cómo es posible que el Gobierno diga que no sabe nada. Me contesta: «Ah, es la política».
Pues no, no es la política ni es lo que hay. Es posible prohibir las pantallas a menores, es posible nacionalizar el sistema eléctrico. Y qué menos que decirnos la verdad. Sobre el apagón, igual alguien piensa que en unos meses se nos va a olvidar el susto, pero yo creo, espero, que sigamos hablando.
María Pazos
