Bioeconomia

La especie humana parece decidida a llevar una existencia corta pero extravagante

Nicholas Georgescu-Roegen.

 

De las dos tecnologías que, por su relevancia, caracterizan nuestra época, la primera, el reactor nuclear, marca el momento álgido de una fase de desarrollo, hoy en declive, que se distingue por la concentración, el gigantismo, la organización jerárquica, la importancia de las agresiones perpetradas contra el medio ambiente; la segunda, el ordenador, desplaza las fuerzas del desarrollo hacia lo inmaterial y favorece las estructuras en red, pero a la vez transmite una lógica que no se orienta necesariamente hacia la preservación ni hacia la valoración del medio natural.

Todos los problemas que nos aquejan se sitúan en la encrucijada de dicha intersección. En el apogeo de lo energético, la cuestión del desarrollo sostenible expresa un cambio cualitativo en tres niveles:

Un cambio de perspectiva: más que de entorno o de medio ambiente, procede hablar de ahora en delante de biosfera con el sentido de un amplio sistema complejo, que se autorregula y en cuyos ajustes y evolución desempeña un papel determinante la vida –y, por ende la especie humana-. Se enfrentan dos lógicas: la que preside el desarrollo de los sistemas económicos y la que garantiza la reproducción dinámica del medio natural. Se trata de hacerlas mutuamente compatibles.

un conflicto entre racionalidades, que gravita en torno a algunos ejes: * mientras la naturaleza maximiza sus stocks (la biomasa) a partir de un flujo dado (la energía solar), la economía maximiza los flujos comerciales agotando los flujos naturales (carentes de valor mercantil) cuya disminución, al no figurar en el balance económico, tampoco da lugar a una acción correctora; * mientras la naturaleza obedece a una lógica de la interdependencia y de la circularidad (los grandes ciclos biogeoquímicos, la fotosíntesis, en virtud de la cual los residuos de la vida son a la vez fuente de vida…), la decisión económica se apoya en una relación causal lineal simple, que compara las variaciones de un gasto (inversión, adquisición de bienes o servicios productivos) con un resultado (volumen de negocio, beneficio o cuota de mercado). Ahora bien, cualquier elemento que, en función de esta lógica, quede incorporado en la esfera económica, se extiende por los distintos compartimentos de la biosfera y en ellos culminará su obra: así los abonos ocasionan la eutrofización y el CO2 interviene en un efecto invernadero; * en los ritmos naturales, cuyo desarrollo y sincronización abarcan miles (a veces, millones) de años, la gestión económica introduce la ruptura de las maximizaciones a corto plazo; * mientras que los ecosistemas respetados se diversifican y por ello afianzan su estabilidad en el tiempo, la gestión humana, que concede prioridad a las opciones económicamente rentables, imprime un proceso uniformador; por lo tanto introduce la inestabilidad.

Una superación de los límites, por la que todo sistema “en transición de fase” sufre la modificación de su funcionamiento:

  • Límite de saturación de las necesidades: alcanzado este punto, ningún incremento en el consumo de un bien excedentario puede compensar la pérdida de una unidad de otro bien;
  • Límite de la capacidad de reproducirse para un recurso natural: a partir de un umbral, ninguna reducción del flujo de extracción puede compensarse mediante la intensificación del esfuerzo en capital técnico, so pena de agotar el recurso;
  • Límite de los ritmos de autodepuración de los medios: más allá de esa frontera, la internalización de los costes (significativa, cuando los perjuicios ocasionados por las contaminaciones quedan anquilosados en el seno de la esfera económica) manifiesta su inoperancia para absorber los desajustes de los mecanismos naturales, cuyo correcto funcionamiento condiciona, sin embargo, la reproducción de los sistemas humanos.

La controversia vuelve a afectar a los propios fundamentos del cálculo económico. ¿Hacia una sociedad de la información? La aparición de lo inmaterial provoca la supresión de los signos de interrogación. Dicha aparición anuncia nuevas lógicas económicas: los motores del desarrollo se desplazan hacia la manipulación de los códigos, de los símbolos, de los mensajes –la información, lo inmaterial. En primer lugar, y merced a la sustitución de la energía y de la materia por la información, lo inmaterial implica que se establezcan unos procesos productivos más eficaces, por lo tanto, más económicos en flujos reales. No obstante, también supone un cambio de lógica respecto al funcionamiento, la organización y el ámbito de los sistemas económicos. La indisociabilidad entre la economía, el entorno vivo y la evolución que lleva a una mayor complejidad, se ve confirmada por la aparición de un paradigma de la destrucción creadora.

Cuando la economía recibió finalmente la invitación a “participar en la obra de la vida, que se prolonga a través de la especie humana, y que es la única capaz de darle un sentido al acto de producción”, se suscitó el tema de la ética y la responsabilidad para con las futuras generaciones. El principio de responsabilidad de Hans Jonas, cuya versión original data de 1979, ha expuesto significativamente esta cuestión. La “Responsabilidad” implica la existencia de una determinada capacidad para elegir: “Obra de modo que las consecuencias de tu actuación resulten compatibles con la permanencia de una vida auténticamente humana sobre la tierra”. (René Passet).