El her­mano Joseph vol­vió a es­cu­char el dé­bil gru­ñi­do de que­ja a su es­pal­da, qui­zá por dé­ci­ma vez, y vol­vió la ca­be­za. Ya ha­bía per­di­do la paciencia.

- ¡Atalanta! No pue­do con­cen­trar­me en la lec­tu­ra si con­ti­núas con esos ruidos.

- Verdaderamente, her­ma­ni­to, no sé có­mo los hu­ma­nos ha­béis creí­do tan­tas ton­te­rías du­ran­te tan­tos siglos.